Por Rosalía Larocca.

En la esquina de Rostand y Costa Rica en Carrasco, una antigua casona de mediados de siglo pasado cobra vida para habitar a Artesia, un espacio vivo que combina arte, oficios, reflexión, filantropía y comunidad. Este nuevo punto icónico de la capital montevideana no se presenta como una galería ni como una tienda ni como un centro cultural. Y, sin embargo, contiene algo de todo eso.
En sus distintas áreas conviven una boutique de piezas artesanales, una cafetería y un espacio para talleres y charlas, donde se invita a habitar el arte más allá del espectáculo o el consumo, a través de una experiencia íntima y transformadora. La premisa es generar un entorno en el que las artesanías no se exhiben como objetos decorativos descontextualizados, sino como portadoras de historia, memoria y técnica. Además, se propician espacios de intercambio sobre los saberes, las prácticas y los desafíos que atraviesan a las culturas del hacer.
Detrás de esta iniciativa está la colombiana Gina Vargas de Roemmers, empresaria, coleccionista y mecenas cultural, cuya historia personal se entrelaza con el valor de lo hecho a mano desde la cuna. Nacida en una familia de costureros, aprendió a dar sus primeras puntadas en un convento de monjas y desde entonces trazó un solo camino entre diseño, tradición y consciencia.
La escena se repite desde hace años en distintos paisajes de América Latina. Mientras esta colombiana recorre comunidades indígenas ancestrales, descubre objetos tejidos o moldeados que rescatan la tradición de lo artesanal. De ese vínculo prolongado con comunidades artesanas nace hoy Artesia con el propósito de dar visibilidad y valor a oficios históricos que siguen vivos, aunque muchas veces permanecen invisibilizados.
Muchas de las piezas exhibidas provienen de comunidades de Colombia, Perú, Chile, Argentina, México, Guatemala e incluso Uruguay. Hay cestería amazónica, mantas tejidas con técnicas ancestrales, cerámicas con pigmentos naturales, sombreros de palma, tapices, bordados y morrales. Pero también se encuentran libros para consulta in situ, catálogos y objetos contemporáneos que dialogan con esas tradiciones.
Gina Vargas de Roemmers y su proyecto más personal
Gina nació en Colombia y descubrió a edad muy temprana su pasión por el diseño. Su familia materna, dedicada a la costura, confeccionaba trajes de monja para un convento, en donde de pequeña solía pasar largas tardes. En esos ratos disfrutaba de conversaciones profundas con las hermanas españolas, mientras les enseñaban a coser y bordar. A los 15 diseñó su primer vestido, y más adelante se instaló en Buenos Aires para estudiar diseño de indumentaria. Participaba en desfiles, vendía sus creaciones, pero algo le faltaba.
Esa sensibilidad la llevó a recorrer comunidades indígenas y rurales en distintas latitudes de Latinoamérica. En esos viajes se encontró con tejedores, ceramistas, bordadores y cesteros. Conoció de cerca la riqueza estética inagotable de esas piezas únicas y también entendió una manera diferente de percibir el tiempo.
Conmovida por la admiración hacia la belleza de ciertas piezas que encontraba en su recorrido, empezó a involucrarse de cerca con las comunidades, aprendió sobre técnicas ancestrales y se convirtió en testigo de la enorme capacidad de resiliencia y adaptación de esos artesanos. El trabajo fue ampliando sus dimensiones: de lo estético a lo social, de la colección a la cooperación y del interés personal al compromiso colectivo. Siempre con la convicción profunda de revalorizar estas piezas y otorgarles un lugar legítimo en una economía más consciente.
Comunidades con nombre propio
Uno de los pilares del proyecto es la relación directa con las comunidades productoras. No se trabaja con intermediarios ni se eligen objetos por su atractivo decorativo. Gina viaja regularmente a visitar a los artesanos, muchos de los cuales han participado de procesos colectivos de recuperación de técnicas casi extintas. Algunas de esas alianzas llevan más de 10 años.
Artesia reúne el trabajo de más de una decena de comunidades indígenas. Entre estas, se destaca la tribu Wayúu, situada en la península de La Guajira, entre Colombia y Venezuela. La tejeduría Wayúu desempeña un papel esencial en la vida de esta comunidad indígena, funcionando como un puente entre sus tradiciones ancestrales y la realidad contemporánea. Esta práctica permite la creación de piezas orgánicas que reflejan su cosmovisión y, a la vez, se traduce en un medio de sustento económico que ayuda a las familias a mantenerse independientes. Las artesanías, con sus colores y diseños únicos, son portadoras de la identidad cultural Wayúu y narran historias significativas para el pueblo.

La tejeduría de palma de werregue es una técnica artesanal tradicional de las Wounaan, comunidades ubicadas en la región del Chocó, Colombia. Esta etnia indígena utiliza las fibras de la palma de werregue, una planta nativa de las selvas tropicales, para crear cestas, canastos y recipientes decorativos. El proceso es muy laborioso, ya que las fibras se recolectan, se secan, se tiñen con tintes naturales y luego se tejen a mano con intrincados patrones geométricos y simbólicos.
Dentro de la muestra de Artesia, los canastos Cuatro Tetas de la comunidad indígena Eperãarã Siapidaarã, son piezas artesanales únicas que destacan tanto por su estética como por su simbolismo. Estos canastos, tejidos a mano, tienen cuatro protuberancias en su estructura, lo que les da su nombre característico. Simbólicamente, las «cuatro tetas» representan la fertilidad, la abundancia y la conexión con la madre Tierra. Para la comunidad, estas protuberancias evocan los senos maternos, fuente de vida y sustento, lo que convierte al canasto en un símbolo de nutrición y cuidado. Además, los canastos tienen un uso práctico en la vida cotidiana, ya que se utilizan para almacenar y transportar alimentos.
Sabores latinos
La cafetería de Artesia presenta una propuesta gastronómica que combina café de especialidad recolectado a mano por mujeres colombianas y tostado antes de importar a Uruguay. La carta integra repostería artesanal y platos inspirados en las cocinas latinoamericanas como bollería de masa madre, alfajores de gofio, carrot cake con maracuyá, arepas, burrata con tomates antiguos o hummus de calabaza.
Además, todos los meses se ofrecen talleres temáticos y personalizados para descubrir y reflexionar sobre técnicas ancestrales y contemporáneas. Estas experiencias están diseñadas para celebrar la herencia y la creatividad de la cocina étnica, la artesanía de la región y las costumbres de nuestros antepasados.





