Oda a Kusama
Carta de la editora

Yayoi Kusama convirtió la repetición, la obsesión y el infinito en uno de los lenguajes más reconocibles del arte contemporáneo. Su obra atravesó disciplinas, generaciones y fronteras sin perder nunca su radicalidad. Tras su muerte, a los 97 años, vuelvo a aquel primer encuentro con su obra en el MALBA, en 2013. Una experiencia compartida con mis hijos que, más de una década después, permanece intacta.

Conocía la obra de Yayoi Kusama mucho antes de verla. Había visto sus puntos, sus redes infinitas, sus calabazas, sus habitaciones de espejos. Sabía quién era y reconocía ese lenguaje que, con los años, terminaría siendo identificado en cualquier lugar del mundo. Pero hay una distancia enorme entre conocer la obra de un artista y tenerla frente a frente. La primera vez que me crucé con Kusama fue en 2013, en el MALBA, durante Obsesión infinita. Fui con mis dos hijos, Serena y Cristiano, que entonces tenían doce y diez años, y todavía hoy puedo recuperar con bastante precisión la sensación de entrar con ellos en aquel mundo.

Hay algo particular en ese recuerdo que con los años entendí mejor. Tengo tripofobia. Determinadas acumulaciones de círculos, pequeños agujeros o patrones repetidos pueden producirme un rechazo casi físico. Es difícil explicárselo a quien no lo siente porque no pasa necesariamente por el miedo; hay algo anterior al pensamiento, una reacción del cuerpo frente a una imagen. Y Kusama estaba allí, frente a mí, haciendo exactamente aquello que en cualquier otro contexto podía perturbarme: repetir, multiplicar, acumular hasta que una forma dejara de ser una forma y se convirtiera en cientos, miles, infinitas.

Sin embargo, no apareció el rechazo. Apareció la fascinación. Y creo que esa contradicción explica mucho mejor la potencia de su obra que cualquier imagen de sus famosos lunares. Porque Kusama no repetía para decorar. La repetición fue una manera de enfrentarse a algo. Desde muy joven habló de las experiencias perceptivas que la acompañaron durante su vida, de imágenes que se multiplicaban y parecían extenderse sobre las cosas hasta borrar sus límites. Aquello que podía haber permanecido como una experiencia privada, incluso insoportable, terminó convertido en un lenguaje artístico capaz de ser compartido.

Hay algo profundamente inquietante en esa operación. Repetir también puede ser una manera de ordenar. De establecer un ritmo donde existe caos. De intentar contener aquello que, por definición, no puede ser contenido. Y al mismo tiempo, en Kusama sucede la paradoja contraria: cuanto más ordena, más desaparecen los límites. Un punto junto a otro, y otro, y otro, hasta que ya no sabemos dónde termina la pared. Un reflejo multiplicado hasta que tampoco sabemos dónde termina nuestro propio cuerpo. El control llevado al extremo termina produciendo pérdida de control.

Eso fue, de alguna manera, lo que sentí aquella vez en el MALBA.

Y hubo también una dimensión lúdica que recuerdo especialmente. En The Obliteration Room, una de las instalaciones participativas de la muestra, el público recibía planchas con adhesivos circulares de colores para intervenir un espacio originalmente blanco. Los puntos se iban acumulando sobre paredes, muebles y objetos hasta transformar por completo la habitación. Mis hijos participaron de esa obra como tantos otros chicos que visitaban la exposición. Para ellos era un juego; para Kusama, era también una extensión de una investigación que atravesó toda su carrera: la repetición, la acumulación y la progresiva desaparición de los límites. Por supuesto, no pude con mi genio y aún conservo (en algún lugar) una plancha con sus círculos.

Ese componente participativo modificaba también la relación tradicional entre obra y espectador. Ya no se trataba únicamente de observar. Cada visitante intervenía físicamente la instalación y contribuía a su transformación. La obra cambiaba con el paso del público.

Conservo muy presente aquel recuerdo porque no fue solamente una exposición que me impactó. Fue también una experiencia compartida con mis hijos en una etapa muy concreta de nuestras vidas. Hay imágenes que uno asocia inevitablemente a determinados viajes, ciudades o momentos familiares. En mi caso, Obsesión infinita quedó ligada también a ellos, a sus doce y diez años y a esa manera espontánea de relacionarse con una obra que, desde su complejidad conceptual, podía ser también profundamente accesible.

Quizás esa sea una de las razones por las que Kusama consiguió algo tan difícil; hacer una obra inmediatamente reconocible sin volverla superficial. Con el tiempo sus puntos se convirtieron en fenómeno de masas, fueron fotografiados millones de veces, llegaron a la moda y a las grandes marcas y se transformaron casi en un símbolo de la cultura popular. Pero debajo de esa superficie aparentemente alegre seguía existiendo otra cosa. Había obsesión, enfermedad, sexualidad, miedo, desaparición, repetición, infinito. Había una mujer intentando darle forma a aquello que no podía controlar.

Su historia personal vuelve todavía más extraordinario ese recorrido. Kusama nació en Japón en 1929, llegó sola a Nueva York a fines de los años cincuenta y se abrió paso en una escena artística feroz y mayoritariamente masculina. Experimentó con pintura, escultura, instalaciones, happenings y performances; puso el cuerpo, habló de sexo, de guerra y de libertad cuando hacerlo para una mujer japonesa estaba muy lejos de ser sencillo. Regresó a Japón en los años setenta y continuó trabajando desde allí, desarrollando una producción que terminaría convirtiéndola en una de las artistas más reconocidas del arte contemporáneo.

La exposición del MALBA reunió más de cien obras realizadas entre 1950 y 2013 y recibió alrededor de 206.000 visitantes. Más de una década después continúa siendo una de las muestras más recordadas de la historia del museo.

Yo también la recuerdo así. Por Kusama, por la fuerza de una obra capaz de convertir una obsesión personal en un lenguaje universal y porque, entre esos puntos, espejos e instalaciones, quedó también guardado uno de esos recuerdos familiares que el tiempo no borra.