Nacido en París y formado en Ginebra y Lausana, Benjamin Bernheim es considerado uno de los tenores más destacados del panorama operístico contemporáneo. Se ha presentado en escenarios como la Ópera de París, la Wiener Staatsoper y la Royal Opera House de Londres. Desde 2017 es Testimonial Rolex, y ha sido reconocido por su precisión técnica, su expresividad y su estilo narrativo en escena. Figura indiscutida de la ópera internacional, deslumbró al público en su reciente presentación en el Teatro Colón. En entrevista exclusiva con revista MOLA, el tenor francés comparte su mirada sobre el arte de conmover con la voz, los momentos históricos que marcaron su carrera y la búsqueda incesante de excelencia que lo une a Rolex.
“Lo más importante es ser fiel al texto y confiar en que el público hará su propia interpretación del color que uno ofrece.”
Benjamin Bernheim no solo encarna a los grandes héroes de la ópera: también representa a una nueva generación de intérpretes que entienden el canto como un puente entre la técnica y la emoción. Desde el “Ave María” en la reapertura de Notre Dame hasta el himno en los Juegos Olímpicos de París, su voz ha acompañado instantes históricos y memorables. Su debut en el Teatro Colón lo trajo a una de las capitales operísticas más apasionadas del mundo, donde su interpretación confirmó por qué es considerado uno de los grandes tenores de nuestra época. En esta conversación exclusiva con revista MOLA, Bernheim reflexiona sobre la relevancia actual de la ópera, el desafío de transmitir verdad en cada interpretación y el vínculo con Rolex, símbolo de una excelencia que nunca se da por alcanzada.

“Lo más importante es ser fiel al texto y confiar en que el público hará su propia interpretación del color que uno ofrece.”
Tu carrera combina precisión técnica con una intensidad emocional que conmueve al público. ¿Cómo construís ese equilibrio entre el virtuosismo vocal y la verdad emocional en escena?
Es una muy buena pregunta. Supongo que no se puede hacer todo al mismo tiempo. Primero, como cantante joven, uno debe construir una técnica que te dé la capacidad de abordar los roles. Pero también es imposible aprender un papel sin dejarse tocar por la historia y la emoción. Para mí, la música es un transporte, un viaje. Y mi trabajo, en definitiva, es transportar al público. El desafío está en invitarlo a compartir la emoción, encontrando el tono más justo e inteligente para transmitirla. Esa es la parte más difícil, porque como cantante querés ser preciso, afinar bien, ser eficiente, pero también emocionar. Lo rico de esta carrera es que cada función es distinta: podés dar la misma intensidad, pero quizás una palabra o un matiz despierta algo diferente en la audiencia. Lo más importante es ser fiel al texto, a lo que estás diciendo, y confiar en que el público hará su propia interpretación del color que uno ofrece.
Has interpretado obras de Verdi y Puccini a Tchaikovsky y Massenet. ¿Qué rol o compositor sentís que más te transformó como artista, y por qué?
Todos me marcaron. La primera vez que canté La Bohème en Zúrich fue un punto de inflexión: ese rol me impactó profundamente en cómo dar emoción con la voz. Puccini tiene una de las maneras más potentes de poner emoción en la música. Pero también aprendí mucho con Massenet, con Gounod, con su romanticismo distinto. Cada rol me regaló nuevos colores, nuevas formas de cantar y transmitir. Con Tchaikovsky, por ejemplo, al cantarlo en Berlín y Zúrich, aprendí a dar emoción desde otro idioma: estudié cada palabra en ruso para entender exactamente qué estaba diciendo. Para mí, los compositores se pueden comparar con la cocina: la música italiana es como tomates rojos y dorados de Italia, luminosa; la francesa, más noble, más plateada. Cada vez que afronto un nuevo papel, me transforma.
Cantaste el Ave María en la reapertura de Notre Dame y el Himno a Apolo en los Juegos Olímpicos de París. ¿Qué significa para vos poner tu voz al servicio de momentos históricos?
Ambos fueron momentos extraordinarios. En el caso de los Juegos Olímpicos, nací en París y que se celebren allí ocurre cada 80 o 100 años: no era algo que pudiera soñar. Ser elegido para cantar en el Stade de France, frente a miles de atletas, fue indescriptible. El deporte ocupa un lugar muy fuerte en mi vida, así que fue un honor especial. Con Notre Dame, en cambio, fue un evento marcado por la tragedia: todos recordamos dónde estábamos cuando vimos las imágenes del incendio. Fue un momento colectivo, universal. Formar parte de la reapertura, cantar el Ave María con la Orquesta Nacional de Francia bajo la dirección de Gustavo Dudamel, fue estremecedor. La catedral renovada, con sus muros blancos, daba la sensación de algo irreal, casi sagrado.
Rolex apoya a artistas que encarnan la excelencia. ¿Qué valores compartís con la marca y qué significó esta alianza para tu carrera?
El valor principal es la búsqueda constante de la excelencia y nunca conformarse con que algo sea “suficiente”. El nuevo lema es Reach for the Crown y me representa mucho: siempre hay que ir más allá, superarse. Para mí es un honor llevar uno de los relojes más icónicos del mundo y estar vinculado a Rolex. Su apoyo me conecta con personas de talento extraordinario, desde deportistas a artesanos relojeros, y eso es una inspiración enorme. Además, creo que cada personaje de ópera también es una búsqueda de verdad, de encontrar el tono y la expresión justos.
“Good is never enough. Siempre hay que ir más allá, esa es la búsqueda que comparto con Rolex.”
Buenos Aires tiene una rica tradición operística y un público apasionado. ¿Qué sabías del Teatro Colón y cómo viviste tu debut allí?
Sabía que era un teatro icónico, legendario. Tanto colegas como amigos argentinos me hablaban de él como un lugar que había que conocer, al menos una vez en la vida. Así como cuando vas a Milán tenés que ver La Scala, o en Viena la Staatsoper, en Buenos Aires el Colón es imprescindible. Estar en ese escenario, que recibió a los mejores cantantes de la historia, fue un honor inmenso y un sueño cumplido.
En una era dominada por lo visual y lo inmediato, ¿cómo logra la ópera seguir siendo relevante y cautivar a los jóvenes?
Creo que hoy es más relevante que nunca, justamente porque es uno de los pocos artes que no depende de la tecnología. Podés sumar pantallas o proyecciones, pero en esencia no hay micrófonos: solo una voz que vibra en una sala. Y cada momento es único, no podés poner pausa o volver atrás. Ir a la ópera implica un ritual: vestirse, prepararse, compartir un espacio social y artístico. Es una experiencia irrepetible, distinta a cualquier otra plataforma digital. Eso es lo mágico: durante unas horas, solo importan los ojos y los oídos, y la capacidad de dejarse transportar por la belleza de esta forma de arte.
“Cantar en el Teatro Colón es un honor inmenso: cada nota resuena en una historia compartida por los más grandes de la ópera.”






