Juan Campodónico

“Los artistas que crecimos en la era predigital conectamos con el entorno de una manera distinta”

Por Isabella Acerenza

Alguien descubre en lo propio lo que también otro tiene para decir. No importan las fronteras ni las lenguas: el idioma de la belleza implica abrirse a la experiencia de estar vivo. Solo así fueron posibles algunos de los mejores discos de la música nacional, y los puentes que Juan Campodónico ha tendido con artistas locales e internacionales de diferentes rubros. Solo así es posible pensar que tanto el candombe como el tango y la milonga –la música de nuestras raíces– estén sonando en desfiles de alta costura en Paris y Nueva York. 

De las influencias del mundo del teatro en su infancia a su primer disco como solista, conversamos con el reconocido músico, compositor y productor uruguayo, merecedor de varios galardones internacionales como los Grammy Latinos y los Premios Gardel. 

Un mano a mano en el que nos aceramos a sus referencias musicales, los desafíos de la autenticidad en la era digital, el debate actual entorno a la inteligencia artificial y la reivindicación de la música latinoamericana. Durante la charla nos revela algunos de los recovecos de esta pasión, a través de una perspectiva crítica y local del arte. “Siempre traté de hacer cosas universales, aunque desde Uruguay”, reflexiona, mientras remarca la importancia de “sostener la identidad propia del lugar del que venís”. 

Su voz auténtica y su gran versatilidad lo han llevado a trascender tiempos, fronteras y generaciones. Con ustedes, Juan Campodónico.

¿Cuáles fueron los primeros discos o artistas uruguayos que influenciaron tus inicios en la música?

Tanto mi papá como mi mamá eran muy musicales. Ambos venían del mundo del teatro, mi papá fundó el Teatro El Galpón en el año 49 con otro montón de gente. En esa época justo estaban haciendo unas obras muy musicales. Cuando nací, en el 71, él dirigía una obra musical que se llamaba Libertad y Libertad, en la que tocaban en vivo Eduardo Mateo y García Vigil, un gran director de orquesta uruguayo. Después había cuatro actores que cantaban, entre ellos mi mamá. Era una época muy virtuosa desde el punto de vista cultural y lo que sucedía en ese teatro era realmente vanguardista a nivel artístico. Después llegó la dictadura, que nos llevó al exilio en México, y esa también fue una etapa interesante. No te digo deseada, porque a nadie le gusta que lo echen de su país, pero había muchos personajes de la cultura uruguaya viviendo allí. Recuerdo que el día que llegó Zitarrosa, le hicieron una pequeña recepción en la que cantó y tocó la guitarra. Yo estaba a dos metros del tipo y ese es mi primer recuerdo de ver a alguien cantando en serio, digamos. 

En tu obra hay una fuerte fusión entre lo electrónico y la canción latinoamericana, ¿de dónde crees que proviene eso?

En mi casa se escuchaba mucha música. Por el lado de mi madre, más que nada bossa nova y tango; y por el lado de mi padre, de todo, desde música clásica a popular. Cuando empecé a escuchar por las mías, me regalaron un disco de Los Beatles y yo mismo me compré un simple de Another One Bites The Dust de Queen. Todo lo que empezaba a expresarse en los 80 fue muy influyente para mí, el crecimiento de la música negra hacia el área electrónica, el funk y el soul, y las raíces sudamericanas. 

¿Pensás que la música nacional tiene la visibilidad que merece?

Creo que todavía hay mucho por contar sobre la historia de nuestra música. En Latinoamérica tenemos una forma de hacer música que es bastante novedosa para el mundo. Por ahí pensamos que la cumbia, el folclore, el tanto, la milonga y el candombe son sonidos muy viejos, pero si los comparás con la música clásica, en verdad son bebés y todavía tienen mucho por desarrollar. A veces lo que se concibe como viejo se siente que pasa de moda, pero si se revisa no pierde vigencia. Siento que hay una parte de la historia de la música popular uruguaya que nunca fue bien contada. No hay ningún organismo público que se dedique a contar esta historia, eso me parece tremendo. De hecho, trabajé en una exposición que se llamó “La milonga es hija del candombe, así como el tango es hijo de la milonga” para el Archivo Nacional de la Imagen y la Palabra. Fue una obra que hicimos con Andrés Torrón, en la que juntamos 11 artistas uruguayos, las conexiones musicales y artísticas, y armamos un pequeño canon de música popular uruguaya. Pero la historia es muy larga y en Uruguay falta museística. A su vez hay como una desidia con respecto a conservar cierta historia linda, que también te explica el presente. 

En tu proyecto se puede ver una gran impronta visual y performática, ¿cómo se desarrolló esa faceta artística?

Para mí es algo bastante natural que la música no sea solo música, sino una puesta en escena. Cuando estoy produciendo un tema, me imagino la escena que está musicalizando. Toda esa educación en esa idea performática y de artes escénicas viene de ver a mis padres trabajar desde niño. Como muchas veces no tenía dónde quedarme, los acompañaba al teatro y los veía ensayar, discutir, teorizar. Allí empecé a ver los códigos del escenario, un lugar que te habilita a expresar determinadas cosas con determinados recursos. 

En tus trabajos con artistas como Drexler, Supervielle, El Cuarteto de Nos y Bajofondo has alcanzado gran reconocimiento internacional. ¿Cómo es representar a Uruguay en otras partes del mundo?

Yo me siento muy uruguayo, pero también con mucha influencia de Sudamérica. Uruguay es un país que absorbe mucho a la región, con una personalidad propia a la hora de procesarlo. Creo que hay algo en mi capacidad producir, de buscar lograr un resultado que se entienda en varios lugares. A veces digo que los productores somos como traductores. Cuando era niño, iba a la escuela en México y hablaba como un mexicano más. Luego, volvía a mi casa, comía una milanesa y hablaba en uruguayo. Tenía que hacer esa traducción cultural porque se trataba de dos culturas muy diferentes en modos y costumbres. Esa experiencia seguramente me dio la riqueza de criarme entre dos territorios y, cuando mucho más tarde empecé mi carrera produciendo artistas, fue clave poder tener una visión que trascendiera lo local. Siempre traté de hacer cosas universales, aunque desde Uruguay. Sostener la identidad propia del lugar del que venís es lo más básico y lo más potente que podés hacer. Nunca hubiéramos tocado en el Sadler Wells, ese teatro maravilloso al que fuimos con Bajofondo, si hubiéramos hecho una copia de los Beatles. 

“Hay una parte de la historia de la música popular uruguaya que nunca fue bien contada”. 

Con respecto al entrecruce de distintas artes ¿qué nos podés contar sobre la colaboración con Gabriela Hearst para sus desfiles? 

Esa colaboración me encantó. Me invitó el productor Danilo Astori, que es muy amigo de Gabriela, para ayudar a hacer la banda sonora de los desfiles, que 

son unos shows increíbles. Después, Gabriela empezó a trabajar con Chloé, una casa de alta costura francesa, así que por dos años estuve en los lanzamientos de París y Nueva York. El cruce fue superinteresante, sus moodboards, sus referencias, las inspiraciones en las que se basaron. Siempre muy adelante a nivel de la sensibilidad sobre el estilo y la moda. Al principio fue reloco partir de esas ideas, pero después de tres años fue sorprendente ver todo el planeta que se armó. En el universo de la moda están empujando los límites y creando nuevos estilos y formas. 

¿Qué fue lo que más te llamó la atención de esa experiencia? 

Primero, lo profundo que era el trabajo de investigación. Para cada colección de repente se basan en una figura. Recuerdo una que hicimos para Gabriela Hearst, basada en la figura de Hildegarda Von Bingen, que era una monja, pero que escribió mucha música coral. Fue un personaje con unas visiones impresionantes, medio psicodélico también. Se hizo toda una investigación sobre cuestiones estéticas que venían de ese universo de Hildegarda, que nos llevó a hacer la música basada en una pieza de ella. Luego de desarrollarla, terminó en un candombe. Me alimentó mucho poder ponerme al servicio de la creatividad. Hasta los modelos que elegían me llamaban la atención, porque no seguían un canon de belleza. Tenían un aspecto más indígena, con un cuerpo más voluminoso. Eso es raro en el mundo del a moda. Cinco años más tarde, me encontré con algunas modelos haciendo una campaña de Victoria’s Secret y ahí me di cuenta de que esos desfiles también funcionaban como un under de ideas nuevas. No son las firmas comerciales que van tomando lo que es mainstream, sino que es una mirada mucho más nueva y alternativa la que luego toma el mainstream.

¿Qué te trae de nuevo, como productor musical, trabajar con artistas jóvenes como Zoe Gotusso o Zeballos?

Lo de Zoe Gotusso fue bien interesante porque es una artista que hizo su primer disco en medio de la explosión de la escena del trap argentino. Ella se propuso hacer un disco atemporal, se fijó en la producción musical de Eco de Jorge Drexler y me convocó. Cuando hicimos ese álbum, Mi primer día triste, no queríamos hacer algo que encaje en la moda de ese momento, sino que queríamos que fuera clásico y que perdurara. Todo fue grabado acá en Uruguay, excepto las cuerdas de Alejandro Terán, que se grabaron en Argentina. Los músicos también son de acá: Hugo Fattoruso toca el piano y Martín Ibarburu la batería. Sobre Zeballos, acaba de salir una colaboración con él, que es el tercer adelanto de mi próximo disco. Personalmente me gusta mucho la nueva escena de la música con influencias de rap y la música urbana. Cuando lo conocí, me llamó la atención su voz y su pluma. El tema con él se llama La distancia, y aunque definitivamente hay una gran distancia generacional, pienso que, si estás conectado con la música, no te sentís tan distante.

“Soy un melómano y todo el tiempo estoy escuchando lo que está pasando”.

¿Qué implica abrirte a su propuesta, cuando ya tenés una estética y una forma de trabajo tan propia?

Para empezar, soy un melómano y todo el tiempo estoy escuchando lo que está pasando. Pero muchas veces mi escucha no es únicamente por el gusto de escuchar música, sino para investigar: me gusta tratar de entender qué está pasando ahí, no solo desde el punto de vista técnicomusical, sino cómo funciona la música socialmente. ¿Por qué es relevante este personaje ahora? ¿Qué está diciendo? ¿A quién le interesa? 

Estás por sacar tu primer disco bajo tu nombre, después de tantos años de producir junto a otros. ¿Por qué ahora? 

Lo hice porque me gustaba la idea de hacer una propuesta nueva, de vuelta. Otros proyectos de los que soy parte ya tienen su propuesta armada. Por ejemplo, el Peyote tiene su propia estética, podemos hacer cosas nuevas dentro de de un marco. Bajofondo también, es esa música con su lógica. Campo fue un momento reinteresante también, de unas cosas un poco más personales, aunque colectivas. Pero me gustaba la idea de decir algo nuevo a partir de impulsos personales.

¿Qué nos podés adelantar de este nuevo proyecto?

Ya salieron tres adelantos: uno fue Frik, una colaboración con Jósean Log; De un fulgor a otro, que es en base a un poema de Ida Vitale; y La distancia con Zeballos. Obviamente es un sonido muy ecléctico, tiene influencias de todo. Pero al mismo tiempo, hay algo que es reconocible también en esa manera de amalgamar y de producir. A eso se suma una mirada más escénica, donde cada canción es una pequeña parte de un universo nuevo. En ese sentido, no tengo recetas a la hora de empezar las canciones porque los temas que hago son tan distintos que no necesito las mismas herramientas puestas en el mismo orden. 

¿Y cómo afecta la inmediatez de hoy en este proceso más introspectivo?

Pienso que mi proceso será más lento, pero capaz que genera un resultado distinto y perdura más. Comparado con las generaciones más nuevas, que son muy inmediatistas, siento que tengo otro ritmo. Hoy estás conectado todo el día, siempre pronto para responder con rapidez, que es un poco lo que te exige el mundo hoy. Para darte un ejemplo, en el video de la canción con Zeballos hicimos un video dirigido por Lucía Garibaldi, y cuando hablábamos sobre él, le dije: “Mirá que a mí no me molestan los planos largos, no tiene que estar todo cortadito, no pasa nada”.

Los artistas que crecimos en la era predigital conectamos con el entorno de una manera distinta. Creo que, hoy en día, es más difícil porque estás sacado de ambiente, fuera de contexto. Cuando publicás tu tema en Spotify, caes en un lugar que no sabés qué es. Obviamente, tus redes sociales empiezan a ser ese ambiente donde podés comunicarte, pero está todo mediado por una estructura que no es local.

“La obra de arte la completa el que la ve, por lo que es un fenómeno cien por ciento humano”.

¿Utilizás inteligencia artificial en tus trabajos como músico?

Siempre es interesante lo que trae la tecnología. Lo que me encargo de criticar últimamente es el discurso totalizador, porque para mí la experiencia humana es infinita, así como las posibilidades de conexión entre los seres humanos. Una posibilidad muy hermosa e interesante es la digital, que no es la única. “Ahora todos van a perder el trabajo”, escuché estos días sobre la inteligencia artificial. Y me di cuenta de que me encanta la inteligencia artificial, uso tecnología todo el tiempo, softwares de todo tipo. Entonces sí, la he utilizado. Para el disco de Julieta Rada tenía que hacer una versión de El tambor, y como los arreglos de Jaime Ross tienen sus trucos, usé el Moisés, un programa para separar pistas de grabación, para aislar los tracks. Pero es eso, una herramienta. ¿Lo podría haber hecho sin esa inteligencia artificial? Sí, y hubiera demorado mucho más.

¿Pero crees que eso puede reemplazar, en parte, el trabajo de los artistas? 

Si vos con un prompt le pedís a un programa que te haga música, pienso que no hay nada de interesante. Y además alguien programó eso que está ahí adentro. Hay alguien que no se nombra, por más que el programa se encargue de hacer toda esa combinatoria infinita, que en verdad no es tan infinita. Por algo suena todo medio parecido. Para mí, la obra de arte la completa el que la ve, por lo que es un fenómeno cien por ciento humano. Hay artistas que te gustan por su manera de hacer las cosas y hay artistas que no. El discurso del fin del mundo sobre la IA le viene bien a Spotify, porque alimenta esa idea de que ellos van a hacer los temas con inteligencia artificial y ni siquiera van a necesitar de los artistas. Ahora, a mí me encanta hacer música: la voy a hacer siempre, sea un negocio o no, porque es una experiencia en sí misma.

¿Qué es lo fundamental para vos a la hora de crear música?

La belleza de las cosas no es técnica, la técnica es parte de lo que necesitás, son las herramientas. Sin embargo, la belleza está vinculada con el contexto, con lo interpersonal, con lo que conecta a distintas personas. Si vamos a hacer una golosina musical, es lo mismo cómo la hacés. Pero si vas a hacer una obra de arte, tu experiencia humana está puesta en ella. Digamos que, si no hay experiencia, no te exponés a las cosas, entonces tal vez pasarás desapercibido y tu música se pierda en miles de videos que hay en internet. Siempre es más interesante la mirada sobre tu propio lugar. Esa mirada la crean las personas, y particularmente los artistas aportamos mucho a eso; a crear una idea sobre algo, una sensibilidad. El trabajo del artista abarca un nivel de sutileza que no es del todo programable. Un artista puede ayudarse de cualquier herramienta, por ejemplo, de una guitarra o de un software de inteligencia artificial, pero ese es en definitiva un medio para construir otra cosa.

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