Tres décadas de Medio y Medio, un proyecto que no deja de moverse

Por Fiorella Benavides.

Fotos cortesía Medio y Medio.

Entre música, cocina y naturaleza, Medio y Medio transformó un parador familiar en un territorio cultural que creció con su gente y con el lugar. A treinta años de su creación, Leandro Quiroga revisita la historia, las noches que marcaron la época y la energía que mantiene viva a un espacio que sigue reinventándose sin perder su raíz.

Antes de que Medio y Medio se volviera un punto de referencia cultural, fue apenas una idea sencilla: un parador familiar de verano, un lugar para trabajar durante la temporada y estudiar el resto del año. Nada indicaba que aquel espacio improvisado en Punta Ballena terminaría convirtiéndose en uno de los proyectos más singulares del Río de la Plata.

Pero todo cambió a los seis días de abrir. “Programé un concierto, mi madre decidió cocinar un plato especial y ahí todo cambió”, recuerda Leandro Quiroga. Ese gesto, casi intuitivo, marcó un desvío: lo que iba a ser un restaurante de playa se transformó en un lugar donde la música y la cocina empezaron a hablarse.

Treinta años después, Medio y Medio sigue apoyándose en esa misma mezcla original: naturaleza, sonido, alimento y una forma particular -casi afectiva- de recibir.

“En Punta Ballena, el tiempo no se va: se sedimenta.”

Un territorio que ya venía hablando

Parte de la magia de Medio y Medio es que creció sobre un suelo cargado de memoria. Punta Ballena guarda, entre piedras y eucaliptos, rastros de una tradición cultural que antecede a todas las temporadas: Antonio Lussich, escritor, marino y pionero cuyo proyecto de forestación y cuidado del paisaje sigue marcando la identidad del lugar más de un siglo después; Antonio Bonet diseñando la urbanización; Rafael Alberti y Margarita Xirgu encontrando refugio; José Hernández bocetando versos del Martín Fierro en la casona cercana.

“Creo mucho en la energía de quienes habitaron un lugar. Antes de que existiera Medio y Medio, este territorio ya tenía una historia enorme”, dice Leandro.

Esa continuidad -esa línea invisible entre lo que se hizo antes y lo que sucede ahora- es parte de la atmósfera del espacio. No es extraño que quienes dormían en el cochecito durante los primeros conciertos hoy vuelvan con sus propios hijos. En Punta Ballena, el tiempo no se va: se sedimenta.

Antes del escenario

Atravesar la entrada es un pequeño ritual. Primero el sendero entre plantas, después la aparición repentina del restaurante, cálido, amplio, casi doméstico. Y más atrás, escondido como un secreto compartido, el escenario Parque: madera, luz baja, árboles alrededor, un cielo que parece inclinarse para escuchar mejor.

“Me gusta que la primera sensación sea sorpresa. Que de pronto veas algo que no esperabas”, explica Leandro.

La sorpresa también sucede para los músicos, que llegan al mediodía, almuerzan y se van al mar antes de la prueba de sonido. “Acá, mientras un músico prueba, otro puede ir a darse un baño en el mar”. Ese modo de habitar el tiempo, sin urgencia, termina impregnando la música.

En el camarín convive la historia: la partitura manuscrita de Hermeto en una servilleta, las marcas donde pisaron Charly, Drexler, Fito, Spinetta. Ese archivo vivo no presiona: orienta. “Los artistas llegan, ven quién tocó acá y sienten que tienen que dar lo mejor de sí”.

Curar como quien cuida

La programación -diez semanas, más de cuarenta noches- no es una lista de gustos, sino una lectura del presente y del futuro. “Nos gusta mostrar a quienes hicieron historia y también a quienes creemos que la van a hacer”, dice Leandro.

Por eso conviven generaciones y estéticas: Jaime Roos y El Plan de la Mariposa, Hermeto Pascoal y proyectos emergentes, tradiciones de Uruguay, Argentina y Brasil. El tiempo, otra vez, como eje de sentido.

Algunas noches quedaron grabadas para siempre: la primera visita de Paralamas, el cruce inesperado entre Skay Beilinson y Hermeto Pascoal, la inauguración del escenario por parte de Luis Alberto Spinetta. No hace falta enumerarlas: quienes estuvieron lo saben; quienes no, lo intuyen.

La nave madre y sus viajes

Con los años, Medio y Medio sintió la necesidad de expandirse. No replicarse, sino viajar. Así nació el formato Cápsula: llevar la esencia del proyecto a otras ciudades que marcaron la propia formación de Leandro. Río de Janeiro fue la primera: “No voy como turista. Voy a devolver un poco de lo que esas ciudades me dieron”, explica.

Durante una semana, el Circo Voador se llenó de plantas, cocina y música rioplatense. Allí cocinan con producto local, intervienen la sala, mezclan repertorios. “Es como llevar una semilla, abrirla en otro lugar y ver qué vida encuentra ahí.”

Madrid y Nueva York ya están en el horizonte. No como sucursales, sino como diálogos posibles.

“Es como llevar una semilla, abrirla en otro lugar y ver qué vida encuentra ahí.”

Treinta años como forma de mirar

El aniversario no se vive como un festejo, sino como una lectura. Por eso un libro y un documental, ambos realizados por otros artistas, para permitir miradas ajenas sobre un proyecto que se volvió parte del paisaje afectivo del Río de la Plata.

“Lo más importante es que no son obras nuestras. Quiero que tengan vida propia, que cuenten algo que acá no se puede contar”.

No buscan ser homenajes, sino miradas nuevas, formas distintas de interpretar un espacio que dejó de ser solo un escenario o un restaurante para convertirse en una experiencia compartida.

Cuando se le pide una palabra para definir Medio y Medio, Leandro elige sin dudar: amor. Amor como práctica, como cuidado, como ese gesto simple de recibir.

Y cuando se le pregunta qué lo sigue emocionando después de treinta años, vuelve al origen: “El primer momento en que llega la gente. Eso me sigue emocionando siempre”.

Sobre el futuro, se permite no saber: “El mayor sueño es seguir aburriéndome, porque del aburrimiento aparecen ideas que ni yo puedo imaginar”.

Quizás ahí esté la clave de estos treinta años; Medio y Medio nunca se detuvo. Siempre fue una puerta abierta.

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